Paris, mon amour

Podrías pensar que, puesto que la has visto tantas veces en fotos, ya sabes cómo es. Podrías creer que, ya que te han hablado tanto de ella, ya la conoces. Pero te equivocarías; no puedes conocerla hasta que no la tienes delante, no hasta que no hablas con ella y la escuchas. Y entonces verías que no se parece a las fotos que habías visto, que no es como te habían contado. Porque tiene muchos rostros, muchas personalidades. Al menos una para cada amante…

Tour Eiffel

Alguno buscará en ella ese amor bohemio que dibuja sombras de Toulouse Lautrec por las calles estrechas de Montmartre, de pintores de trazo rápido a pocos euros, amor de poetas malditos en el ‘Moulin de la Galette’ o el café ‘Le Consulat’.

Para otro será elegante, coqueta, altiva también, de gustos caros. Una princesita refinada, enamorada de la moda y de las boutiques de la Rue Royale. Sus mejores amigos serán los brillantes de la Place Vendôme y la cita será siempre con champagne, quizá en la crêperie de La Compagnie de Bretagne (9, Rue de L’École de Medecine).

Unos y otros pueden enganchar un candado con sus iniciales grabadas al Pont des Arts y tirar la llave al Sena.

Notre Dame

Puede llevar gafas de pasta, gustarle el cine independiente, la música indie y pasar horas en el Centre Pompidou (Beaubourg lo llama) para ver arte vanguardista en un edificio aún más vanguardista (y raro). Puede llevar las uñas de los pies pintadas de rosa, calzar sandalias, vestido veraniego y pamela. Entonces iría a Paris-Plage, o a un café de Montparnasse, donde todo el mundo se sienta mirando hacia la calle, para ver y, sobre todo, para ser visto. Porque ella es siempre presumida.

Buena estudiante, entiende todos los idiomas: chino en Belleville, árabe en Couronnes, inglés y español en Champ de Mars. Hasta dicen que hablaba latín en los alrededores de la Sorbonne… Pero con desconocidos y visitantes sólo habla francés. No es ignorancia: es orgullo. Y motivos no le faltan. Te podría contar historias que se remontan hasta el principio de los tiempos. Epopeyas épicas de reyes merovingios, enterrados algunos en la basílica de Saint-Denis y otros perdidos para siempre por haberse construido sus tumbas en metal fundible; leyendas de María Magdalena y cálices santos, de niñas-reina y días de terror revolucionario que acabaron en catacumbas para muchos y en el Pantheon para unos pocos; te podría dar noticias de una patriótica résistance, y también de un ingeniero que quiso tocar el cielo con una torre de metal que llaman la Dame de Fer.

Puede ser aplicada, como las hormigas enchaquetadas que recorren a media mañana el distrito financiero de La Défense: un impresionante conjunto de rascacielos de cristal que un día de 1990 se vistieron de luz y música como nunca más se ha visto. Aunque a ella nunca le falta la música ni el baile, y le gustan todos los estilos: chanson en una verbena en el Canal de l’Ourcq, tango en la rue Edouard Vaillant (Montreuil), salsa en la rue Papillon, hip-hop en el metro, vals en Versailles, ópera en la Bastille, clásica en Châtelet…

En definitiva, puede ir cómoda y deportiva de día, y hacer jogging en el Parc de Buttes Chaumont, para sacar de noche sus mejores galas. Se le ilumina el rostro, con un resplandor blanco si mira hacia el Sacre Coeur, ocre si mira hacia el Arc de Triumph y con mil estrellas cada hora que se detiene junto a la Tour Eiffel.

Porque Paris est une femme. Y no la conoces hasta que no la escuchas, hasta que no le hablas. En francés, claro.

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2 pensamientos en “Paris, mon amour

  1. Genial, has conseguido que me entren ganas de ir. Tendré que buscar a alguien que hable francés por mí.

    PD: Sigue sorprendiéndome que alguien que escribe tan bien se gane la vida diseñando.

  2. Muy cierto, David…Si yo fuera Turismo de París, te compraría el artículo para promocionarla…También debo decirte que si Paris est une femme, il est évident que tu est amoureux d’elle…

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