En el océano de la noche

Detrás de este poético título se encuentra la novela de ciencia-ficción dura de Gregory Benford. Publicada en 1977, es todavía de esos libros en los que 1999 parecía un futuro lejano en el que se habrían producido grandes transformaciones tecnológicas, sociales y culturales.

El inicio es un buen anzuelo: un asteroide que se aproxima a la Tierra en rumbo de colisión resulta ser un vestigio de la existencia de inteligencia extraterrestre. Sin embargo, es necesario destruirlo para salvar el planeta. Las consecuencias de ambos hechos deberían marcar la vida de Nigel Walmsley, el astronauta encargado de la misión. Pero Benford convierte la situación en anécdota, en sólo el principio de una serie de encuentros, acontecimientos y misterios, siempre en torno a Walmsley.

Como debe ser en la buena ciencia-ficción, a través de ella se muestran al lector aspectos de la sociedad futura, de sus problemas energéticos y ecológicos, de cómo son las relaciones personales, de la cultura y de la religión. Esta última tiene una gran importancia en la historia y el autor plantea interrogantes interesantes: si se confirmase la existencia de vida inteligente en otros mundos, ¿sobrevivirían las religiones tal y como las conocemos? ¿Aparecerían otras nuevas? ¿Cómo serían? ¿Cuánto poder podrían llegar a tener, y cómo lo emplearían?

A diferencia de ‘La paja en el ojo de Dios’, en esta ocasión la prosa no se pierde en verborrea tecnológica y dedica mucho más espacio a cuestiones antropológicas y sociológicas. Y pocas veces se trata de descripciones precisas y largas; las más, se trata de una frase o una palabra que no merece más atención pero que basta para hacer intuir todo el conjunto. En este sentido el trabajo de Benford es digno de elogio.

Sin embargo, esta falta de profundidad se transmite también en ocasiones a la trama principal. El protagonista pasa por acontecimientos y situaciones que por sí solas podrían ocupar una novela completa, y sin embargo Benford las abandona con demasiada prisa, sólo para plantear una nueva. Y las repercusiones de unas sobre las siguientes no tienen el calado que sería de esperar. Por otra parte, los puntos comunes con ‘2001, una odisea del espacio’ (S. Kubrick), estrenada nueve años antes, le hacen un flaco favor al conjunto.

Quizá porque el autor tendría en mente todo un ciclo de novelas, del que esta es su primer capítulo, todo queda esbozado y nada queda resuelto. En el océano de la noche plantea cuestiones muy interesantes, crea una sociedad que en 1977 podría parecer muy distante y hoy ya no lo es tanto, y pasa de puntillas por todo ello. A la ciencia-ficción no hay que pedirle respuestas, pues no es su función, pero a un buen libro sí hay que pedirle consistencia. En lo primero Benford no falla; en lo segundo sí.

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