Espontaneidad no es lo mismo que improvisación

Esta es una de las cosas que se aprende en los encuentros (no lo llaméis funciones) de la compañía de teatro espontáneo La Barca. Otra cosa que se aprende es que en teatro espontáneo lo que importa está aquí y ahora: cada encuentro, por su propia naturaleza, es único e irrepetible. Las historias de hoy serán distintas a las de mañana, y no perdurarán más que para quienes las vivieron. Cuando sale bien, la gloria de estos actores y actrices es efímera; si no saliese bien… bueno, también sería efímero.

Renegar de la inmortalidad tendrá sus ventajas y sus inconvenientes, pero no es una merma de la exigencia. Más bien parece un acicate: no habrá segunda oportunidad, no habrá más ensayos y no se podrá corregir ni cambiar nada. Es aquí, y ahora.

La Barca. Otro teatro.

Cada encuentro es, entonces, una sorpresa. Para el público, pero también para los actores y las actrices, que en pocos segundos tienen que cambiar quiénes son, asumir otras personalidades, hacerlas corpóreas y expresivas, hacernos ver, y vivir, una historia que acabamos de conocer porque alguien del público, amablemente, ha querido compartirla. Hace falta valor, resolución, ingenio, sentido del humor a veces, sentido del drama otras, elocuencia, expresividad, capacidad de improvisación diría yo, pero ellas dirían que es espontaneidad. Y da la impresión de que esta barca lleva una buena provisión de todas estas cosas.

Como en un espectáculo de magia, en pocos segundos se materializa ante nuestros ojos una breve escena de la vida, cotidiana y humana, tan digna como cualquier gran tragedia, pero mucho más próxima y, por ello, mucho más emotiva. A veces es todo el grupo el que participa, moviéndose por todo el escenario con gran alboroto, con atrezzo e incluso participantes del público; otras veces, son sólo una o dos personas, contenidas, dándole a los mínimos gestos, a un detalle de expresión facial, el mayor de los sentidos. Lo hacen tan bien, que parece fácil. Pero fácil es representar a Shakespeare, porque otros ya lo hicieron antes. De estas historias no hay referentes, nadie las hizo antes, y nadie las hará después. Es aquí, y ahora.

Como músico, no podía dejar de notar la música. En el conjunto de una orquesta, el violonchelo no parece un instrumento destacado; sin embargo, en solitario, es uno de los más expresivos. Equivocadamente podría pensarse que es sólo un complemento, pero tener a una chelista a bordo es un grandísimo acierto: la interpretación durante los interludios evita que se rompa la magia en las inevitables pausas, y acompañar las representaciones con música les da un carácter casi cinematográfico y mayor intensidad emocional.

La Barca. Otro teatro.

Al final, las emociones son lo que cuentan en estos encuentros: emociones en bruto que salen del público mismo, son pulidas en tiempo real por la directora y nos son enviadas de vuelta, pero amplificadas a través de la representación. Esa es la capacidad, la virtud, la magia, del teatro espontáneo.

P.D.: Antes habría dicho que este texto era improvisado, pero ahora creo que más bien ha sido espontáneo.

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