Stoker: poesía del mal

Hay una araña en el zapato de India. Ella no la ha visto, pero de alguna manera, lo sabe.

Stoker

El día en que India Stoker (Mia Wasikowska) cumple 18 años es el mismo día en que su padre muere en un accidente y su misterioso tío Charlie (Matthew Goode) acude a pasar una temporada con ella y con su inestable madre (Nicole Kidman) en la lujosa mansión de la familia.

Se adivina fácilmente un triángulo de emociones que Hitchcock ya presentó en ‘La sombra de una duda’ (1943), pero que el guión de Wentworth Miller va a llevar por un camino muy diferente: esta película, del director surcoreano Chan-Wook Park, es un preciosista y poético cuento gótico sobre el mal y su irresistible poder seductor.

Popularmente, un vampiro es una criatura nocturna que se alimenta de la sangre de sus víctimas. Se los ha representado muchas veces como criaturas tan malvadas como hermosas. Podría decirse que en ‘Stoker’ también hay un vampiro, pero que no se alimenta de sangre, sino de cualquier atisbo de inocencia o bondad. Con su infinito poder de atracción, seduce a todos a su alrededor, llevándolos a una espiral de desconfianza, violencia y muerte de difícil escapatoria. Mia Wasikowska, que ya había caído por la madriguera del conejo en ‘Alicia en el País de las Maravillas’ (Tim Burton, 2010), cae en este film por un tobogán mucho más morboso y oscuro.

La araña sube por la pierna de India. Ahora sí la nota claramente. Sólo tiene que mover la mano para apartarla, pero no lo hace.

Si bien el argumento es relativamente previsible, visualmente ‘Stoker’ es una maravilla. Cada plano, cada movimiento de la cámara, es un verso de este macabro poema. Detalles aparentemente irrelevantes son inquietantes símbolos de la inocencia, el paso a la edad adulta, el despertar a la sexualidad, la vida o la muerte. Todo está orientado a crear un opresivo sentimiento de desasosiego: la gran casa familiar con sus habitaciones vacías, los oscuros bosques a su alrededor… Lugares comunes del género, sí, pero que funcionan perfectamente.

Los diálogos son breves, esporádicos, entrecortados o a media voz. Los personajes hablan más con los ojos, con las medias sonrisas, con las manos, con los silencios… Sin una palabra, un dueto en el viejo piano de cola se transforma, poco a poco, en un crescendo de erotismo casi salvaje.

Aunque la pieza de esta escena es de Philip Glass, la partitura principal es de Clint Mansell: bella como una nana y tétrica como un réquiem. Representa perfectamente las dos caras de esta historia de horror y transgresión, de monstruos que fueron y de monstruos que inevitablemente serán.

La araña desaparece entre las piernas de India.

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