Spontaneity is not the same as improvisation

This is one of the things you learn from the encounters (don’t call them performances) with the spontaneus theather company ‘La Barca‘. Another thing you learn is that, in spontaneous theater the things that matter are here and now: each encounter is, because of its own nature, unique and once-in-a-lifetime. Today’s stories will be different from tomorrow’s, and will not last but for those who lived them. When everything goes right, the glory for these actors and actresses is brief; if it wouldn’t go right… well, it would be brief, too.

Rejecting inmortality may have its advantages and disadvantages, but it is not a decrease of thoroughness. It seems more like an incentive: there will be no second chance, there will be no more rehearsals and nothing could be mend or changed. It is now and here.

La Barca. Otro teatro.

Every meeting is a surprise. To the audience, but also to actors and actresses, who in a few seconds must change who they are, assume other personalities, make them physical and affectionate, make us watch, and live, a story we have just known because someone from the public, kindly, decided to share it. It requieres courage, resolution, wit, sense of humour sometimes, sense of drama others, eloquence, expressivity, I would say capacity of improvisation, but they would say it is spontaneity. And it looks like this boat carries a good load of all this things.

Like in a magic show, in a few seconds a short scene of life materializes before our eyes. It is daily and human, as deserving as any great tragedy, but much closer, and because of this, much touching. Sometimes it is the whole group that takes part, moving around the stage with great racket, with atrezzo or even participants from the audience; other times, it is only one or two people, contained, giving to the minor gesture, to a facial expression detail, the biggest meaning. They do it so well that it seems easy. But playing Shakespeare is easy, just because others did it before. There are no models for this stories: no one played them before, and no one will play them after. It is here and now.

As a musician, I couldn’t leave the music unnoticed. Within a orchestra, the cello doesn’t seem to stand out; however, playing alone, can be one of the most expressive. It could be mistakenly believed that it is just an accesory, but to have a cellist on board is a wise choice: playing music during the interludes prevent the magic’s break and when played during the acts, it gives the whole a cinematographic nature and a higher emotional intensity.

La Barca. Otro teatro.

In the end, it is emotions what count in these meetings: raw feelings coming from the audience itself that are polished in real time by the director and given back to us, but enlarged through the performance. That’s the ability, the virtue, the magic of spontaneus theater.

P.S.: Before, I would have said that this text was improvised, but now I think it’s spontaneous.

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The Dark Knight Rises

Si no has visto TDKR, deja de leer y ve a verla. Avisado estás.

Se acabó. La trilogía del caballero oscuro de Christopher Nolan ha llegado a su fin, fiel a su estilo y a ese concepto que introducía al final de su primer capítulo: escalada.

‘Batman Begins’ (C. Nolan, 2005) reiniciaba la saga narrando el origen del personaje y ese oscuro período de tiempo entre la muerte de Thomas y Martha Wayne y el regreso del ‘príncipe de Ghotam’ a la ciudad. Pero lo más importante, y el gran acierto de la película, es que toda la estructura de la trama está encaminada a un único objetivo: hacer a Batman creíble. Cada decisión que toma Bruce Wayne, ya sea marcharse de Gotham, ya sea vestirse de murciélago, tiene una razón; cada gadget que añade a su equipo (desde la capa hasta el batmóvil) tienen un origen explicado y una razón para ser utilizado. Este realismo se extiende también a sus enemigos: ni Ra’s Al Guhl ni el Espantapájaros son personajes planos, sino que tienen sus motivaciones (más o menos profundas en cada caso).

En cuanto a historia, Batman Begins bebe directamente del cómic ‘Batman: Year One’ (Miller, Mazzuchelli, 1987) y, como allí, se justifica la existencia de Batman como un símbolo que traerá el miedo al corazón de los malhechores. Será ‘el señor de la noche’.

Y el título de la segunda entrega no puede ser más prometedor. Ya no es Batman: ahora es ‘El caballero oscuro’ (C. Nolan, 2008). Esta película, unánimemente considerada la mejor de la saga, funciona como un perfecto engranaje, una pieza de relojería en la que nada falta y nada sobra y en la que las actuaciones de todos los personajes son brillantes: Christian Bale es un Batman apremiado por colgar la capa y llevar una vida normal que ve su oportunidad en el ascenso social del nuevo fiscal del distrito, Harvey Dent, y no es capaz de ver la gran tragedia que se avecina de la mano de un misterioso individuo que se hace llamar el Joker, hasta que es demasiado tarde para todos.

Si en ‘Batman Begins’ el tema subyacente era el miedo y cómo ésta transforma a las personas, en ‘El caballero oscuro’ es la dicotomía orden-caos. No necesitamos conocer el origen del Joker para entender que es un agente del caos, una fuerza de la naturaleza que empuja al resto de personajes hacia decisiones que los marcarán definitivamente, tanto literal como figuradamente.

Al final Bruce Wayne tendrá que colgar la capa, pero no como él esperaba: ahora es un proscrito, un outsider, un verdadero ‘caballero oscuro’ al margen de la ley y de la sociedad. Exactamente como es en los comics. En dos películas, Christopher Nolan ha puesto al personaje en el lugar que le corresponde, el lugar al que pertenece.

Y llega ‘The Dark Knight Rises’. El inicio es brillante. La presentación de Bane es brutal; sin ser uno de los personajes más carismáticos del universo de Batman, sí es uno de los pocos que puede representar un verdadero desafío, tanto físico como mental. Y la interpretación de Tom Hardy es excelente, teniendo en cuenta que durante toda la película lleva la cara cubierta con una máscara, por lo que sólo puede valerse de sus ojos y del lenguaje corporal.

Por su parte, la química entre Selyna Kyle (Anne Hathaway) y Bruce Wayne es magnífica y dará los toques de humor justos y necesarios a la película. Y, nada más aparecer, el agente John Blake (Joseph Gordon-Levitt) recuerda a alguien, sí, a ese que te viene a la mente enseguida… Y funciona, vaya si funciona… Tanto, que no era necesario aclararlo al final. ¿No habría sido mejor dejar al espectador con esa sensación de “¿ese no será…?”.

El Bruce Wayne decadente y retirado de la vida pública es una referencia directa a lo mejor de “Return of the Dark Knight” (Frank Miller, 1986). También se apoya la película, y mucho, en “Knightfall” (Dennis O’Neall, 1992) y la macrosaga “Tierra de Nadie” (1999). Una sucesión de eventos que llevará a Batman a regresar, caer, y renacer como una leyenda.

Sin embargo, algo falla. En esta película, ¿dónde está el caballero oscuro? Está Bruce Wayne, con sus gadgets y su determinación, sí, pero, ¿dónde está el señor de la noche? Es más, ¿por qué casi nunca es de noche? ¿Qué fue de aquello de llevar el miedo al corazón de los malhechores? Hay un momento esperanzador: el fiel Alfred advierte a Bruce de que no debe confiar únicamente en la tecnología y la fuerza bruta para vencer, debe ser algo más… Pero es Nolan quien parece no escuchar el consejo y lleva la película más hacia el espectáculo de acción con clichés antes que hacia una historia más compleja, a otro nivel, como era ‘The Dark Knight’.

No todo el mundo sabe que, en los comics, uno de los apodos de Batman es, simplemente, “el detective”. Irónicamente es Ra’s Al Guhl quien con más frecuencia lo denomina así, por su capacidad de deducción, sus habilidades como investigador y su costumbre de adelantarse, antes con su inteligencia que con su fuerza, a sus enemigos. No hay nada de eso en TDKR… Acción mucha, emoción poca, inteligencia ninguna.

La escalada que se inició al final de ‘Batman Begins’ ha tocado techo, y por el camino se ha dejado no sólo la verosimilitud que tan concienzudamente se forjó durante dos películas y media. El gran acierto de Christopher Nolan fue construir una historia de Batman en la que, como espectadores, no hacía falta suspender la credibilidad: todo era plausible y realista, todo estaba justificado. Incluso se le acusaba de haber abandonado el “sentido de lo maravilloso” que debía tener una película de “superhéroes”. Pero es que las suyas no lo eran: eran historias sobre seres de carne y hueso, con miedos, flaquezas y fortalezas, con relaciones personales totalmente creíbles, y las máscaras, literales y figuradas, estaban perfectamente explicadas. En su tramo final, TDKR pide al espectador que suspenda la credibilidad, pero ya es demasiado tarde.

En la escalada también se ha quedado por el camino el señor de la noche. Por suerte, para recuperarle ahí está “Batman: the animated series”, que sigue siendo la mejor adaptación del personaje, en toda su esencia, a la pantalla.

The Dark Knight Rises

If you haven’t seen TDKR, stop reading now and go and watch it. You’re warned.

It’s over. The dark knight trilogy by Christopher Nolan has reached its end, faithfull to its style and to that concept introduced at the end of the first chapter: scalation.

‘Batman Begins’ (C. Nolan, 2005) rebooted the saga telling the origin of the character and that obscure period of time between the deaths of Thomas and Martha Wayne and the return of the ‘prince of Gotham’ to the city. But the important point, and the wise move of the movie, was that every piece of its structure and narration was heading to a solely objective: make Batman believable. Every decision Bruce Wayne takes, from leaving Gotham to dress as a bat, has a reason; each gadget added to his equipment (starting with the cape and following with the batmobile) has an explained origin and a reason to be used. This realism extends to the rest of the characters: either Ra’s Al Guhl nor the Scarecrow are plane characters, but they have their motivations (more or less profound in each case).

As regards the story, ‘Batman Begins’ drinks directly from the comic ‘Batman: Year One’ (Miller, Mazzuchelli, 1987), and, like there, justifies the existence of the Batman as a symbol that will bring fear to the heart of the criminals. He will be ‘the lord of the night’.

And the title of the second entry can’t be more promising. It’s no longer the Batman: it’s ‘The Dark Knight” (C. Nolan, 2008). This film, unanimously considered the best in the saga, works as a perfect machinery, a pice of clockwork where nothing is missing and nothing is left over. The performances are brilliant: Christian Bale is a Batman urgent to hang the cape and live a normal life who sees his opportunity in the social promotion of the new district attorney, Harvey Dent. But he can’t see the great tragedy that’s approaching at the hands of a misterious character who calls himself The Joker, until it’s too late for everyone.

If the underlying theme in ‘Batman Begins’ was fear and how it transforms people, in ‘The Dark Knight’ it’s the dichotomy order-chaos. We don’t need to know the Joker’s origin to understand that he’s an agent of chaos, a force of Nature that pushes all the other characters towards decissions that will mark them forever, in a literal or a figurative sense.

By the end, Bruce Wayne will have to hang the cape, but not the way he expected: now he’s banished, an outlaw, a real ‘dark knight’ out of society. Exactly as he is in comics. Within two films, Nolan sets the character in the place where it belongs.

And then ‘The Dark Knight Rises’ arrives. The beginning is brilliant. Bane’s introduction is brutal; he may not be one of the most charismatics characters in the Batman universe, but he’s indeed one of the few who means a physical and mental challenge. And Tom Hardy’s performance is excelent, considering that he spends the whole movie carrying a mask, so he can only rely on his eyes and body language.

On the other hand, the chemistry between Selyna Kyle (Anne Hathaway) and Bruce Wayne is great and will provide the right and necessary touches of humor. And, since the very first moment he enters the screen, the agent John Blake (Joseph Gordon-Levitt) reminds of someone, yes, that one who comes to your mind very quickly… And it works, it really works. So much, that it was not necessary to make a final explanation. Wouldn’t it had been better to leave the spectator with that feeling of “wasn’t he…”?

The decadent and retired from social life Bruce Wayne is a direct reference to the best part of “Return of the Dark Knight” (Frank Miller, 1986). The film also sets its foundations in “Knightfall” (Dennis O’Neall, 1992) and the macrosaga “No man’s land” (1999). A series of events that will take the Batman from retirement, to fall and to rise again, as a legend.

However, something fails. In this film, where the hell is the dark knight? There’s Bruce Wayne, with all his gadgets and determination, yes, but, where is the lord of the night? What is more, why is so often not at night? What happened with that idea about bringing fear to the heart of criminals? There’s a hoping moment: the loyal Alfred tells Bruce that he must not trust just the technology and the strength to defeat his opponents. He must be something else… But it’s Nolan who seems to pretend not to hear the advice, and takes the movie in the direction of the clichéd action spectacle, instead of developing an another level more complex story, as “The Dark Knight” was.

Not everybody knows that, in comics, one of Batman’s nicknames is just ‘the detective’. Ironically, it’s Ra’s Al Guhl who most frequently calls him this way, for his capacity of deduction, his skills as investigator and his habit to overtake his enemies with his intelligence more often than with his strength. There’s nothing about this in TDKR… A lot of action, not so much emotion and none of intelligence.

The scalation that started at the end of ‘Batman Begins’ has reached its peak, and on its way it has left behind not only the credibility that so hardly was forged during two and a half movies. Christopher Nolan’s wise move was to build a Batman’s story in which, as spectators, we didn’t have to suspend our credibility: everything was plausible, everything was realistic and was justified. He was even accused of abandoning the “sense of wonder” that movies about superheroes were expected to have. But his movies weren’t about superheroes; they were about characters of flesh and bones, with fears, strenghts and weaknesses, with realistic personal relations, and the masks, the literal and the figuratives, were perfectly explained. In it’s final part, TDKR asks the spectators to suspend their credibility. But it’s too late.

In the scalation was also left behind the dark knight. Luckily, we can bring him back from ‘Batman: the animated series’, still the best adaptation of the character on screen.

En el océano de la noche

Detrás de este poético título se encuentra la novela de ciencia-ficción dura de Gregory Benford. Publicada en 1977, es todavía de esos libros en los que 1999 parecía un futuro lejano en el que se habrían producido grandes transformaciones tecnológicas, sociales y culturales.

El inicio es un buen anzuelo: un asteroide que se aproxima a la Tierra en rumbo de colisión resulta ser un vestigio de la existencia de inteligencia extraterrestre. Sin embargo, es necesario destruirlo para salvar el planeta. Las consecuencias de ambos hechos deberían marcar la vida de Nigel Walmsley, el astronauta encargado de la misión. Pero Benford convierte la situación en anécdota, en sólo el principio de una serie de encuentros, acontecimientos y misterios, siempre en torno a Walmsley.

Como debe ser en la buena ciencia-ficción, a través de ella se muestran al lector aspectos de la sociedad futura, de sus problemas energéticos y ecológicos, de cómo son las relaciones personales, de la cultura y de la religión. Esta última tiene una gran importancia en la historia y el autor plantea interrogantes interesantes: si se confirmase la existencia de vida inteligente en otros mundos, ¿sobrevivirían las religiones tal y como las conocemos? ¿Aparecerían otras nuevas? ¿Cómo serían? ¿Cuánto poder podrían llegar a tener, y cómo lo emplearían?

A diferencia de ‘La paja en el ojo de Dios’, en esta ocasión la prosa no se pierde en verborrea tecnológica y dedica mucho más espacio a cuestiones antropológicas y sociológicas. Y pocas veces se trata de descripciones precisas y largas; las más, se trata de una frase o una palabra que no merece más atención pero que basta para hacer intuir todo el conjunto. En este sentido el trabajo de Benford es digno de elogio.

Sin embargo, esta falta de profundidad se transmite también en ocasiones a la trama principal. El protagonista pasa por acontecimientos y situaciones que por sí solas podrían ocupar una novela completa, y sin embargo Benford las abandona con demasiada prisa, sólo para plantear una nueva. Y las repercusiones de unas sobre las siguientes no tienen el calado que sería de esperar. Por otra parte, los puntos comunes con ‘2001, una odisea del espacio’ (S. Kubrick), estrenada nueve años antes, le hacen un flaco favor al conjunto.

Quizá porque el autor tendría en mente todo un ciclo de novelas, del que esta es su primer capítulo, todo queda esbozado y nada queda resuelto. En el océano de la noche plantea cuestiones muy interesantes, crea una sociedad que en 1977 podría parecer muy distante y hoy ya no lo es tanto, y pasa de puntillas por todo ello. A la ciencia-ficción no hay que pedirle respuestas, pues no es su función, pero a un buen libro sí hay que pedirle consistencia. En lo primero Benford no falla; en lo segundo sí.

In the ocean of the night

Behind this poetic title it’s the hard science-fiction novel by Gregory Benford. Published in 1977, this is still one of those books in which 1999 seemed a distant future with many technological, social, and cultural transformations.

The beginning is hooking: an asteroid aproaching Earth turns out to be an old trace of the existence of extraterrestrial inteligence. However, its destruction is neccesary to preserve our planet. The consecuences of both facts should mark the life of Nigel Walmsley, the astronaute in charge of the mission. But Benford turns the situation in anecdote, just the beginning of a series of encounters, events and misteries, always around Walmsley.

As it should be with good science-fiction, through it many aspects about the future society are shown to the reader: the ecological and energetic problems, how personal relationships, culture and religion are… This last one has a great relevance along the story and the author expresses several interesting questions: if life in other planets is eventually confirmed, would our religions survive as we know them? Would there be new ones? How would they be? How much power would they get and how would they use it?

Unlike ‘The mote in God’s eye’, this time the prose doesn’t get lost in technological verbosity, and it dedicates much more space to anthropological and sociological subjects. And few times it’s through long and precise descriptions; more often, it’s just a sentence or a word which doesn’t deserve more atention but that it’s enough to build the whole. In this aspect, Bendford’s work is praiseworthy.

However, this lack of deepness sometimes pass on the main plot. The protagonist goes through events and situationes that may have resulted in a whole novel on their own, but Benford leaves them very quickly, just to set a new ones. And the repercussion of one over the next is never as important as expected. On the other hand, the common plot points with ‘2001, a space odissey’ (S. Kubrick), released nine years before, weakens the whole work.

Maybe because the author had in mind a whole cycle of novels, from which this is its first chapter, everything is sketched and nothing is solved. ‘In the ocean of the night’ brings up very interesting questions, and sets a society that in 1977 may seem very far but nowadays is not, and walks on tiptoe over it all. You can not ask science-fiction for answers, for it is not its function, but you should ask a good book for consistency. Bendford doesn’t fail in the first, but does in the second.

Paris, mon amour

Tu pourrais croire que l’ayant vu tant de fois en photos, tu la connais déjà. Tu pourrais croire qu’ayant entendu tant de fois parlé d’elle, tu la connais déjà. Mais tu te tromperais, tu ne peux pas la connaître tant que tu ne l’as pas devant toi, ne parles pas avec elle et ne l’écoutes pas. Et alors tu verrais qu’elle ne ressemble pas aux photos que tu as vues et qu’elle n’est pas comme ils te l’ont raconté. Parce qu’elle a beaucoup de visages, beaucoup de personnalités. Au moins un pour chaque amant.

Tour Eiffel

L’un cherchera en elle cet amour bohème qui dessine les ombres de Toulouse Lautrec dans les rues étroites de Montmartre, de peintres de croquis pour quelques euros, amour de poètes maudits au Moulin de la Galette ou au café Le Consulat.

Pour un autre, elle sera élégante, coquette, hautaine aussi, aux goûts luxueux. Une petite princesse raffinée, amoureuse de la mode et des boutiques de la rue Royale. Ses meilleurs amis seront les diamants de la Place Vendôme et le rendez-vous sera toujours avec du champagne, peut-être dans la crêperie de la Compagnie de Bretagne.

Les uns et les autres peuvent accrocher un cadenas avec leurs initiales au Pont des Arts et jeter la clef dans la Seine.

Notre Dame

Elle peut porter des lunettes en plastique, elle peut aimer le cinéma indépendant, la musique indé et passer des heures au centre Pompidou, appelé Beaubourg, pour regarder l’art d’avant-garde dans un bâtiment encore plus d’avant-garde (et étrange). Elle peut avoir les ongles de pieds vernis en rose, porter des sandales, une robe d’été et une capeline. Alors elle ira à Paris Plage ou à un café de Montparnasse, où tout le monde s’assoit en regardant vers la rue pour voir et surtout pour être vu. Parce qu’elle est toujours coquette.

Elle est bonne étudiante, elle comprend toutes les langues, chinois à Belleville, arabe à Couronnes, anglais et espagnol au Champs de Mars. Certains disent même qu’elle parlait latin autour de la Sorbonne. Mais avec les inconnus et les visiteurs, elle parle seulement français. Ce n’est pas de l’ignorance: c’est de l’orgueil. Et les motifs ne manquent pas. Elle pourrait te raconter des histoires qui remontent aux débuts des Temps…des histoires épiques, des rois mérovingiens, dont certains sont enterrés à la basilique Saint-Denis et d’autres perdus pour toujours pour avoir construits leurs tombes en métal fissible; elle peut raconter des légendes sur Marie Madeleine et sur des calices saints, des reines-enfants et des jours de terreur révolutionnaire qui se terminèrent dans les catacombes pour beaucoup et dans le Panthéon pour quelques-uns, elle pourrait te donner des nouvelles d’une résistance patriotique et aussi d’un ingénieur qui voulait toucher le ciel avec une tour de métal appelée la Dame de Fer.

Elle peut être appliquée, comme les fourmis en veste qui parcourent, à midi, le quartier financier de La Défense: un ensemble impressionnant de gratte-ciels en verre, qui, un jour de 1990, se sont revêtus de lumière et de musique comme personne ne l’a jamais plus vu. Pourtant, elle ne manque ni de musique ni de danse et elle aime tous les styles: chansons françaises lors d’une fête populaire sur le Canal de l’Ourcq, tango à Montreuil, salsa à la Rue Papillon, hip-hop dans le métro, valse à Versailles, opéra à la Bastille, classique à Châtelet…

Elle peut avoir une allure décontractée et sportive le jour et faire du jogging au Parc des Buttes Chaumont. Mais la nuit, elle montre ses meilleurs habits de fête. Son visage est éclairé, avec un éclat blanc si elle regarde vers le Sacré Cœur, ocre si elle regarde vers l’Arc de Triomphe et avec mille étoiles à chaque heure si elle se tient près de la Tour Eiffel.

Parce que Paris est une femme. Et tu ne la connais pas tant que tu ne l’as pas écoutée et ne lui as pas parlé. En français, bien sûr!

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Paris, mon amour

Podrías pensar que, puesto que la has visto tantas veces en fotos, ya sabes cómo es. Podrías creer que, ya que te han hablado tanto de ella, ya la conoces. Pero te equivocarías; no puedes conocerla hasta que no la tienes delante, no hasta que no hablas con ella y la escuchas. Y entonces verías que no se parece a las fotos que habías visto, que no es como te habían contado. Porque tiene muchos rostros, muchas personalidades. Al menos una para cada amante…

Tour Eiffel

Alguno buscará en ella ese amor bohemio que dibuja sombras de Toulouse Lautrec por las calles estrechas de Montmartre, de pintores de trazo rápido a pocos euros, amor de poetas malditos en el ‘Moulin de la Galette’ o el café ‘Le Consulat’.

Para otro será elegante, coqueta, altiva también, de gustos caros. Una princesita refinada, enamorada de la moda y de las boutiques de la Rue Royale. Sus mejores amigos serán los brillantes de la Place Vendôme y la cita será siempre con champagne, quizá en la crêperie de La Compagnie de Bretagne (9, Rue de L’École de Medecine).

Unos y otros pueden enganchar un candado con sus iniciales grabadas al Pont des Arts y tirar la llave al Sena.

Notre Dame

Puede llevar gafas de pasta, gustarle el cine independiente, la música indie y pasar horas en el Centre Pompidou (Beaubourg lo llama) para ver arte vanguardista en un edificio aún más vanguardista (y raro). Puede llevar las uñas de los pies pintadas de rosa, calzar sandalias, vestido veraniego y pamela. Entonces iría a Paris-Plage, o a un café de Montparnasse, donde todo el mundo se sienta mirando hacia la calle, para ver y, sobre todo, para ser visto. Porque ella es siempre presumida.

Buena estudiante, entiende todos los idiomas: chino en Belleville, árabe en Couronnes, inglés y español en Champ de Mars. Hasta dicen que hablaba latín en los alrededores de la Sorbonne… Pero con desconocidos y visitantes sólo habla francés. No es ignorancia: es orgullo. Y motivos no le faltan. Te podría contar historias que se remontan hasta el principio de los tiempos. Epopeyas épicas de reyes merovingios, enterrados algunos en la basílica de Saint-Denis y otros perdidos para siempre por haberse construido sus tumbas en metal fundible; leyendas de María Magdalena y cálices santos, de niñas-reina y días de terror revolucionario que acabaron en catacumbas para muchos y en el Pantheon para unos pocos; te podría dar noticias de una patriótica résistance, y también de un ingeniero que quiso tocar el cielo con una torre de metal que llaman la Dame de Fer.

Puede ser aplicada, como las hormigas enchaquetadas que recorren a media mañana el distrito financiero de La Défense: un impresionante conjunto de rascacielos de cristal que un día de 1990 se vistieron de luz y música como nunca más se ha visto. Aunque a ella nunca le falta la música ni el baile, y le gustan todos los estilos: chanson en una verbena en el Canal de l’Ourcq, tango en la rue Edouard Vaillant (Montreuil), salsa en la rue Papillon, hip-hop en el metro, vals en Versailles, ópera en la Bastille, clásica en Châtelet…

En definitiva, puede ir cómoda y deportiva de día, y hacer jogging en el Parc de Buttes Chaumont, para sacar de noche sus mejores galas. Se le ilumina el rostro, con un resplandor blanco si mira hacia el Sacre Coeur, ocre si mira hacia el Arc de Triumph y con mil estrellas cada hora que se detiene junto a la Tour Eiffel.

Porque Paris est une femme. Y no la conoces hasta que no la escuchas, hasta que no le hablas. En francés, claro.

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