Lo más cercano a Houston

Jarre interpreta uno de sus temas

El 31 de julio de 2010 el músico francés Jean Michel Jarre ofreció un espectacular concierto en la Plaza del Obradoiro de Santiago de Compostela (España).

Con una carrera en franca cuesta abajo, sin publicar álbum nuevo desde 2007 y embarcado en una gira de grandes éxitos en auditorios cerrados, el concierto de Santiago fue un déjà vu, un retorno a los mega conciertos al aire libre que le han dado fama mundial. Durante dos horas de luz, lásers y fuegos artificiales, el francés compartió sus grandes éxitos, de Oxygene a Chronologie pasando por Rendez Vous. A su compás, la catedral bailó en mil colores. Puede que la experimentación sonora de la Variation III sacase a alguno de la ensoñación, pero cuando empieza a sonar Rendez Vous 4 y las ocho mil almas en la plaza saltan como una sola, se entiende quién es Jarre y lo que significa en la historia de la música. Y se le perdona todo.

Para los que estuvimos allí, será lo más cerca que estaremos nunca de Houston.

The closest to Houston

Jarre playing

On July 31st, 2010, French musician Jean Michel Jarre offered an spectacular show at Plaza del Obradoiro, in Santiago de Compostela (Spain).

With his career going down, without publishing a new album since 1997 and embarked on a great hits in-doors tour, the Santiago concert was a déjà vu, a return to the mega-shows that made him world famous. For two hours of light, lasers and fireworks, the French man shared his greatest hits, from Oxygene to Chronologie, thru Rendez Vous. With their beats, the cathedral danced in a thousand colours. Maybe the sound experimentation of Variation III took someone out of the dream, but when Rendez Vous 4 starts playing and the eight thousand souls in the square jump together as only one, it’s understood who Jarre is and what role he plays in the history of music. And everything is forgiven.

For we all, it will be the closest we ever get to Houston.

El hombre que hizo bailar la luz


(‘Bells’. Los Doce Sueños del Sol. Gizah, 2000).

10… 9… 8… Cuenta atrás en Houston; Juan Pablo II bendice desde la catedral de Lyon; pertinaz lluvia en los Docklands de Londres; 2,5 millones de personas en La Défense parisina; fuegos artificiales en Wembley Stadium; una escuadra de cazas Sukhoi volando sobre la universidad de Moscú; Gizeh multicolor… comienza a sonar Oxygéne IV y detrás de las gafas oscuras, entre humo y láser, aparece Jarre.


(Oxygéne IV. París La Défense, 1991).

Teclados portátiles, teclados luminosos, un arpa láser, un theremin, pantallas gigantes, fuegos artificiales. Fusión de música, imágenes y arquitectura. Jean Michel Jarre, sinónimo de espectáculo, de grandiosidad, de megalomanía. Amante de los grandes números: fue el primer músico occidental que actuó en la China post-Mao y se ha superado a sí mismo tres veces en el Guinnes porque la audiencia de sus conciertos se cuenta por millones.

Primero fue Oxygéne. Después vendrían Equinoxe, Magnetic Fields, Zoolook (la música para la que se inventó el CD, rezaba la publicidad). Con cada trabajo Jarre abría caminos en la música electrónica, la reinventaba, se adelantaba a todos los que vendrían detrás. Forzaba la máquina. De lo analógico a lo digital. La inspiración en cualquier sonido: la lluvia en la ventana, el tic-tac de un reloj, un tren que pasa lejano…


(Chronologie part 3. Europe in Concert. Barcelona, 1993).

En 1986, rendez-vous en Houston. El concierto más espectacular de la historia de la música, dijeron. 1,5 millones de personas para conmemorar el 150 aniversario de la ciudad y el 25 aniversario de la NASA. Estaba previsto que Ron McNair, astronauta y saxofonista, interpretase un tema durante el concierto desde el espacio. Su nave se llamaba ‘Challenger’… Y el concierto se convirtió en un tributo a toda la tripulación. La música electrónica dejaba de ser parcela para unos pocos experimentadores y llegaba a millones de personas.


(‘Rendez-vous part 4’. Rendez-Vous Houston, 1986).

Londres, París, Moscú, Atenas, todas bailaron al son de este francés, hijo de Maurice, afamado compositor de bandas sonoras al que una vidente pronosticó: “serás famoso, pero tendrás un hijo que será mucho más famoso que tú”.


(‘Industrial Revolution-Overture’. Docklands de Londres, 1988).

No todo en Jarre es música. En 1993 fue nombrado Embajador de la UNESCO, defensor de la tolerancia a través del lenguaje universal de la música: para ello vistió de colores la torre Eiffel (1995) y las dunas del desierto de Merzouga (Marruecos, 2006).


(‘Intro Saturée’. Water for Life. Merzouga, 2006).

Cercano con los fans y con la prensa, asiduo en las revistas del corazón galas por su costumbre de emparejarse con actrices: está divorciado de Charlotte Rampling, ha sido pareja de Isabelle Adjani y está casado nuevamente con Anne Parrillaud. ¿Relevante? Parece que sí. Desde su separación de Rampling su carrera ha dado un giro: de la grandilocuencia épica de Chronologie y su primera gira por los lugares más emblemáticos de Europa (del Mont St-Michel a Wembley pasando por el Estadi Olimpic de Barcelona), al minimalismo electro-acústico de Metamorphoses y gira de pequeños conciertos en recintos cerrados.

Sus trabajos posteriores no salen de Francia. Geometry of Love o Sessions 2000 sólo suenan a oídos de sus seguidores. Tiempo de silencio, rumores en la red, se prepara algo grande. Y llega Aero (2002): se presenta como el primer disco de la historia concebido y grabado en formato digital 5.1. Los clásicos (porque este disco es un recopilatorio, aunque incluya tres temas nuevos) desde una perspectiva nunca vista. Nuevo trabajo y retorno a China, a la Ciudad Prohibida: sonido 5.1 en directo.


(‘Aero’. Concierto en la Ciudad Prohibida. Pekín, 2002).

Y en 2007 vuelve a los orígenes, a la raíz de todo, a los sintetizadores analógicos (sus viejas damas) y a Oxygéne, que cumple 30 años como si el tiempo no hubiese pasado por él y se pasea por toda Europa: el Téâtre Marigny de París, el Royal Albert Hall de Londres, el Liceu de Barcelona… Los más elegantes teatros de Manchester, Dublín, Bruselas, Munich, Amsterdam, Copenhague, Estocolmo, Lisboa, Oporto, Roma o Milán se iluminaron al son que marca Jarre en una gira, la más extensa de su carrera, que se prolongó por toda Europa del este (Belgrado, Bucarest, Praga, Moscú, San Petersburgo, Riga, Bratislava, Varsovia…).


(‘Oxygéne VI’. Oxygéne Tour. Barcelona, 2008).

Algunos dicen que está acabado, que vive de las rentas. Otros aún esperan que los sorprenda. Pero una cosa es segura: la luz bailó.

The man who made the light dance


(‘Bells’. Twelve Dreams of the Sun. Gizeh, 2000).

10… 9… 8… Countdown in Houston; Jean Paul II blesses from Lyon’s cathedral; persistent rain in London’s Docklands; 2,5 million people in La Défense; fireworks in Wembley Stadium; a squad of Sukhoi jets flying over Moscow University; Gizeh multicoloured… it starts to play Oxygéne IV and, behind dark glasses, smoke and lasers, appears Jarre.


(Oxygéne IV. Paris La Défense, 1991).

Portable keyboards, lightning keyboards, a laser harp, a theremin, giant screens, fireworks. A fusion of music, images and architecture. Jean Michel Jarre, a synonim of show, grandiosity, megalomany. Lover of big numbers: he was the first western musician to play in the China post-Mao and he has surpassed himself three times in the Guinnes Book of Records, because the audience of his concerts is counted by millions.

First it was Oxygéne. Then came Equinoxe, Magnetic Fields, Zoolook (the album the compact disc was invented for, said the advertisements). With each work Jarre opened new ways in the electronic music, reinvented it, overtook everyone. From analog to digital, inspiration in every sound: the rain in the window, a clock ticking, a distant train…


(Chronologie part 3. Europe in Concert. Barcelone, 1993).

In 1986, rendez-vous in Houston. The most spectacular concert in history, they said. 1.5 million spectators to celebrate the 150th anniversary of the city and the 25th birthday of NASA. Ron McNair, astronaut and sax player was expected to play a theme from space during the show. His ship was called ‘Challenger’… And the show transformed into a tribute to all of the crew. Electronic music wasn’t a reduced field for experimenting anymore and reached millions of people.


(‘Rendez-vous part 4’. Rendez-Vous Houston, 1986).

London, Paris, Moscow, Athens, they all danced to the sounds of this french man, son of Maurice, well-known composer to whom a fortune teller forecasted: “You will be famous, but you’ll have a son who will be even more famous than you”.


(‘Industrial Revolution-Overture’. London Docklands, 1988).

But Jarre is more than just music. In 1993 he was appointed UNESCO’s Good Will Ambassador, defending tolerance through music’s universal languaje: to do so, he dressed with colours the Eiffel Tower (1995) and the dunes of Merzouga (Morocco, 2006).


(‘Intro Saturée’. Water for Life. Merzouga, 2006).

Close to fans and the press, regular in french magazines because of his affairs with actresses: divorced from Charlotte Rampling, he’s been partner with Isabelle Adjani and is married to Anne Parrillaud. Is it relevant? It seems so. Since he divorced, his career turned from the epic grandilocuence of Chronologie and his first tour across Europe (from Mont Saint Michel to the Olympic Stadium in Barcelone), to the electro-acoustic minimalism of Metamorphoses and a tour of small indoor shows.

His subsequent albums are available only in France. Geometry of Love or Sessions 2000 are known only to fans. Time of silence, rumors over the Internet, something big is coming. And arrives Aero (2002): it is presented as the first album conceived and recorded in digital 5.1 format. The classic themes (because this album is a compilation, although it includes three new tracks) from a totally new perspective. New album and return to China, to the Forbidden City: live 5.1 sound.


(‘Aero’. Live from the Forbidden City. Beijing, 2002).

And in 2007 Jarre returns to his origins, to the root of everything, to analog synthesizers (his old ladies) and to Oxygéne, which is thirty years old as if time didn’t go by and go out across Europe: Téâtre Marigny in Paris, the Royal Albert Hall in London, the Liceu in Barcelone… The most elegant venues of Manchester, Dublin, Brussels, Munich, Amsterdam, Copenhague, Stockolm, Lisbon, Porto, Rome, Milano… They all shined with Jean Michel’s music during the longest tour of his career, that continued to East Europe (Belgrade, Bucharest, Prague, Moscow, Saint Petersburg, Riga, Bratislava, Warsaw…).


(‘Oxygéne part VI’. Oxygéne Tour. Barcelone, 2008).

Some people say he’s finished, that he lives off the past. Others still wait to be surprised. But one thing is for sure: the light did dance.

Oxygene in London

Jean Michel Jarre had already been to London before, in 1988, in the Docklands under the rain, making the city shudder with his megashow of light, music and laser. Those were other times, and that was another Jarre. His return to London  in 2008, with Oxygene, his first album, is quite different.

A visit to the Royal Albert Hall the eve of the concert  provides a surprise to the fan: ¿where are the giant posters? ¿Where the merchandising? There was nothing. As if the man who brought 3,5 million spectators together in Moscow was not performing in less than 24 hours.

Getting into the Royal Albert Hall is getting into the 19th century: the red felt of the fitted carpets, the limelights, the wooden handrails and the golden ornaments transport you to the Victorian Age, to the spectacles for the nobility and wealthy middle-class from London. An odd place to perform electronic music… or not, because, although it is on tour for the first time as a whole, Oxygene is 30 years old. You can see it in the audience, which age, with exceptions on both sides, is around 40. Ticket’s high price and the exclusivity of the enclosure could be a reason, but also that Oxygene is not of this time, that the skull in the Earth globe does not impress young people, that Jarre has his audience, and it is what it is.

“It is not allowed to take photos”, says the stewardess. It’s a lost battle, because the flashes bright all around without stop, and the concert hasn’t started yet.. The place is worth the pictures: the 7.000 seats of the London coliseum get occuped while Waiting for Cousteau plays. Of course: it’s the prelude to every Jarre concert since 1991. A shiver in the nape of the neck: if Waiting for Cousteau is playing, this is really serious.

30 minutes late, which permit even an anonimous “We want Ethnicolor!”  from the crowd, the black courtain opens and, from a white egg shaped chair stands up Jean Michel Jarre. “Good evening, London!”, and an ovation as an answer. In a brief introduction he makes references to his prior visit in 1988, to the opportunity to play in a more intimate ambiance (relatively, because there are 6.500 people listening to him, but, after the 2,5 million people in Paris in 1991, he may thinks this is not too much), and to a chain that falls from the ceiling and nearly hits him and his instruments on the stage. The dedication to Arthur C. Clarke earns another applause before the introduction of the other musicians: Dominique Perrier, an old friend; Claude Samard, the boat captain, and Francis Rimbert, fans beloved.

The four take positions on the stage: with around fifty analog synthesizers (Jarre called them old ladies), it looks more like the bridge of a spaceship than a theatre. And, guided by the french, slowly, we start a journey through time, through the light and darkness of Oxygene. First, the tuning, then the prelude, and the first applause with the first chords of Oxygene part 1. With the beginning of the more rythmic second part, a new applause and, now yes, this is Oxygene, this is Jarre and the lights dance, the sequences sound clear in Albert Hall’s perfect acoustic, Rimbert carries the powerful bass and Jean Michel the well known melody. Pure spectacle. In the third part he adds the abstract sounds of the Theremin and links with the Variation I, an analog improvisation barely tolerable. When it’s over, I wonder if people claps because thanks to God it’s finished, or because the wind noise that sounds is the unmistakable signal of what’s coming… Oxygene 4, the hymn, the five notes that took Jarre to glory, the reason why we all are there. It’s short, but it’s ecstasy. Jarre can’t help it, he’s used to huge megashows, and his body asks him to jump, run from one synth to another, look to the audience and smile in this moment, between obscure improvisations, when he knows that we’re all with him.

A gigant mirror comes down from the ceiling. Standing over the four musicians, it offers a new perspective for those in front of them. And the lights, which don’t light the musicians, but the synths, multiply themselves.

The fifth part, unfortunately, carries another improvisation, this time with a portable Moog keyboard. It’s live sound, it’s clear. And, to finish, Oxygene 6, with its catchy rhythm and its bittersweet melody. The mirror goes back and leaves space for a screen on which, for the first time during the concert, images are  projected: a blue Earth globe that turns around to show a skull. A thousand flashes can be seen at this point. Thanks, Granger, for this picture.

The end is coming, but we know that there’re still a couple of themes. First, Oxygene 12: analog sounds 30 years old for a very contemporary rhythm. On the screen the cycle of life goes by with black and white pictures, and the person in charge of the lights earns his distinction. Using this set up, Jarre gave the protagonism to the synths themselves, lighted one by one, now another, now all together, following the rhythm.

“Thank you, London”. The four, embraced, greets the audience and its huge applause. If someone among the audience was disappointed, doesn’t show. After going out briefly, Jean Michel comes back alone for the perfect final. The light is minimal, and there are no lighters up, although they wouldn’t have been out of place. “This theme is for you, and for those you love”. And it’s Oxygene 13, with its melancholic goodbye melody. A final improvisation at the end makes us dream of another theme, but it’s only an ilusion.

“Thank you London, and see you soon!”. It’s over. The journey, two hours or so, seemed longer… nearly… ¿thirty years?

Oxygene en Londres

Jean Michel Jarre ya había estado en Londres antes, en 1988, en los Docklands bajo la lluvia, haciendo estremecer la city con su megaespectáculo de luz, música y láser. Eran otros tiempos, y era otro Jarre. Su regreso a Londres en 2008, con Oxygene, su ópera prima, bajo el brazo, es bien distinto.

Una visita la víspera al Royal Albert Hall, el auditorio que acogerá el show, depara una sorpresa que no pasa desapercibida al seguidor fiel: ¿dónde están los carteles gigantes, los posters, el merchandising, la publicidad? Absolutamente nada. Como si el hombre que congregó a 3.5 millones de espectadores en Moscú no fuese a actuar en menos de 24 horas. ¿Qué ha pasado?

 

“It is not allowed to take photos”. No está permitido hacer fotos, dice amablemente la azafata de la puerta. Batalla perdida de antemano, porque por doquier brillan los flashes ininterrumpidamente, y el concierto aún no ha empezado. El lugar lo merece, desde luego: los 7.000 asientos del coliseo londinense se van ocupando mientras suena Waiting for Cousteau, por supuesto, preludio de todo concierto de Jarre que se precie desde 1991. Escalofrío en la nuca: si suena Waiting for Cousteau, esto es serio.

Con 30 minutos de retraso, que permiten incluso algún “We want Ethnicolor!” anónimo, se abre el negro telón y, de una silla blanca modelo huevo se levanta Jean Michel Jarre. “Good evening, London!” y ovación general de respuesta. En una breve presentación hace referencias a la visita de 1988, a la oportunidad de tocar en un ambiente más íntimo (lo de ambiente íntimo es relativo, porque le están escuchando unas 6.500 personas… pero claro, después de los 2,5 millones de París en el 91, le parecerá una minucia…), y a una cadena que se cae del techo y no le acierta por poco ni a él ni a ninguno de los aparatos sobre el escenario. La dedicatoria a Arthur C. Clarke arranca otro aplauso antes de la presentación de los músicos que le acompañan: Dominique Perrier, un viejo conocido, Claude Samard, el capitán del barco, y Francis Rimbert, el más querido por los fans.

Los cuatro toman posiciones en el escenario: una cincuentena de sintetizadores analógicos (old ladies los llama Jarre) lo asemejan más al puente de una nave espacial que a las tablas de un teatro. Y de la mano del francés iniciamos, poco a poco, un viaje en el tiempo a través de la luz y la oscuridad de Oxygene. Primero la afinación, luego el preludio, y primer aplauso con los acordes iniciales de la primera parte. Cuando se adivina el inicio de la segunda, más rítmica, nuevo aplauso y ahora sí, esto es Oxygene, este es Jarre y las luces bailan, las secuencias resuenan limpias en la perfecta acústica del Albert Hall, Rimbert lleva el bajo poderoso y Jean Michel la melodía archiconocida. Puro espectáculo. En la tercera parte incorpora los sonidos abstractos del theremin y enlaza con la Variation I, una improvisación analógica tolerable sólo porque se trata de quien se trata. Cuando acaba, me pregunto si la gente aplaude porque gracias a dios ha terminado, o porque el viento que suena ahora es señal inequívoca de lo que viene… Oxygene 4, el himno, las cinco notas que le dieron la gloria, la razón por la que todos estamos allí. Es breve, pero es éxtasis. Jarre no puede evitarlo, se ha curtido en megaespectáculos gigantescos, y el cuerpo le pide saltar, correr de un sinte a otro, mirar al público y reir en este preciso momento, entre oscuras improvisaciones, cuando sabe que estamos todos entregados.

Del techo se descuelga un gigantesco espejo sobre los cuatro músicos, ofreciendo una nueva perspectiva para los que están frente a ellos. Y las luces, que no iluminan a los músicos, sino a las máquinas, se multiplican.

La quinta parte lleva incorporada, por desgracia, otra improvisación, esta vez con un teclado Moog portatil. Es sonido directo, por desgracia está claro. Y para cerrar, Oxygene 6, con su ritmo pegadizo y su melodía agridulce. El espejo retrocede para dejar sitio a la pantalla, en la que, por primera vez en la noche, se proyectan imágenes: un globo azul, la Tierra, que gira sobre sí misma para descubrir un cráneo. Mil flashes saltan en ese momento. Gracias, Granger, por esta imagen.

Se adivina el final, pero el público sabe que aún quedan dos platos fuertes: primero Oxygene 12: sonidos analógicos de hace 30 años para un ritmo muy contemporáneo. En la pantalla discurre el ciclo de la vida en imágenes blanco y negro y el encargado de la iluminación se hace merecedor de la matrícula de honor. Con esta puesta en escena, Jarre ha querido dar el protagonismo a los propios sintetizadores, iluminados ahora uno, ahora otro, ahora todos, al ritmo de la música.

Los cuatro, abrazados, saludan y hacen reverencia ante el estruendoso aplauso. Si alguien del público quedó decepcionado por no saber a lo que venía, no lo muestra ahora. Tras la breve salida del escenario, vuelve Jean Michel, ahora solo, para el broche final. La luz es mínima, y no hay mecheros en alto, pero tampoco habrían estado fuera de lugar.“This theme is for you, and for those you love”. Y es Oxygene 13, con su melancólica melodía de despedida. Se alarga el final, con una breve improvisación, otra más, de sonidos que hacen soñar a alguno con un bis más, pero es una ilusión. “Thank you London, and see you soon!”.Se acabó. El viaje, dos breves horas sobre el reloj, ha parecido más largo, casi de… ¿30 años?